«¡Reapareció López Obrador!», exclamó con emoción un amigo simpatizante del movimiento. Estaba tomando un café con él y, al ver las redes sociales, quise adentrarme en la nueva homilía que predicó el fundador del movimiento que ha transformado la vida pública.
Al escucharlo, me despertó cierta nostalgia. Lo extrañaba sin saberlo.
En mi primera elección presidencial, en 2018, voté por él. No porque le creyera, sino por el hartazgo ante la superficialidad de los últimos gobiernos, por esa especie de soberbia técnica y por un presidente cuyo mayor reconocimiento parecía haber sido ser guapo y esposo de la Gaviota.
Como apasionado del humanismo y del misticismo, de alguna forma me identifiqué con las palabras de Andrés Manuel. Nunca fui ingenuo: sabía que era un demagogo, pero, como muchos, quería cambiar el statu quo. Quería que reventara a aquellos vividores de la política que ligaban la valía de una persona con su clase social o su riqueza. No me juzgue con dureza, querido lector. Era un idealista y un rebelde que quería romperlo todo en nombre de la justicia social.


El tiempo y la realidad terminaron por derrumbar cualquier afecto que conservaba por el expresidente y su mito. Podré estar de acuerdo con algunas de sus acciones, pero creo que la verdadera grandeza de López Obrador está en su extraordinaria sensibilidad para el simbolismo político.
El mito según Mircea Eliade y el nacionalismo revolucionario
El erudito rumano Mircea Eliade —a pesar de su controvertido pasado político y su cercanía juvenil con la extrema derecha rumana— estudió la historia de las religiones y el mito como pocos pensadores del siglo XX. Bajo su marco conceptual podemos descifrar buena parte de lo que construyó López Obrador. Un mito que, además, ni siquiera inventó él. Lo retomó y reformuló a partir del antiguo nacionalismo revolucionario mexicano.
Los mitos son fundamentales para las sociedades. De ellos nacen tradiciones, símbolos y costumbres. Narran los orígenes y suelen llevarnos a un tiempo primordial, casi siempre idealizado, en el que existía cierto orden, cierta grandeza, que después se perdió por acontecimientos trágicos, rupturas o fuerzas adversas.
De ahí que López Obrador comience sus prédicas hablando de la grandeza de las civilizaciones prehispánicas y presente una concepción prácticamente unitaria de Mesoamérica. Ahí comienza el mito.
Después viene la ruptura. En la narrativa obradorista, esa primera gran caída es la Conquista. A partir de ahí comienza también una partición casi religiosa de la historia entre lo sacro y lo profano, lo admirable y lo detestable, entre quienes representan al pueblo y quienes lo traicionan. La historia se convierte en una larga disputa entre héroes y villanos, liberadores y opresores, pueblo y élites.
El punto culminante del mito llega con la etapa redentora, con esa batalla que busca restablecer la grandeza originaria que le dio forma. Al conseguirlo, llega la salvación, la promesa de recuperar aquello que alguna vez fuimos o, por lo menos, aquello que creemos haber sido.
De Hidalgo a la Cuarta Transformación: el relato moral
Hidalgo, Morelos, Juárez, Madero y Cárdenas forman parte de una misma tradición moral que, después de muchos tropiezos, termina desembocando en la llamada Cuarta Transformación. Del otro lado quedan los conquistadores, los conservadores, Porfirio Díaz y, finalmente, los neoliberales —quienes, en el discurso más reciente, ya evolucionaron a neofascistas—.
Siglos de una historia compleja, contradictoria y llena de matices quedan ordenados en una narración bastante sencilla.
La reaparición de López Obrador con la intención de culminar sus obras sobre el llamado humanismo mexicano me preocupa porque muchos de los daños provocados a las instituciones autónomas, a la descentralización del poder, al federalismo o al Estado de derecho pueden revertirse. La herencia dañina del obradorismo puede perdurar a través de su mito, de una concepción cultural equivocada de nuestra realidad histórica.
Mantendremos esa demagogia cursi y centralista que impide un diálogo serio con los problemas que acechan a nuestra nación. Frases contradictorias como hablar del «amor como política pública» seguirán permeando el imaginario colectivo. El amor es tan abstracto que no puede medirse en una política pública.
Por eso, aunque Morena algún día pierda el poder, el obradorismo puede reencarnarse bajo otras formas, otros personajes y otros movimientos. La batalla contra su legado no puede limitarse a ganar elecciones. También tendrá que darse en la cultura, en nuestra interpretación de la historia y en la forma en que entendemos la realidad.
Por: Juan Carlos Puebla https://x.com/juanpu21



